¿Cómo cartografiar la distancia, el vacío, la lejanía? ¿Cómo narrar nuestra errancia, esas extranjerías perpetuas y ese afán empecinado por encontrarnos en alguna parte?
Alex y Sara se conocen sobre un avión. Podríamos decir: se conocen en el aire. No comparten la misma lengua, ni la misma cultura, ni el mismo territorio. Pero se cruzan, en ese avión, y así se inicia este vínculo: desde sus respectivos mundos, con esos mensajes en otra lengua, al otro lado de una pantalla titilante, desde el otro extremo del mapa. La historia de Alex y Sara discurre entre paréntesis: en esos paréntesis que ambos imponen a sus vidas para encontrarse en sucesivos viajes: en el norte, en el sur, en el centro.
En Geografía de la lengua, desde una prosa material, precisa y profundamente elocuente, Andrea Jeftanovich nos pasea por todas las estaciones de la extranjería: allí donde no me identifico, donde no hago pie, donde no me encuentro. La lengua como órgano erótico y como molusco ineficaz: incapaz de traducirme y, sin embargo, empecinada en hilvanar una tercera lengua, una lengua en común: ese punto de encuentro donde un abrazo es posible.